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El cangrejo pinzatuerto (relato breve) |
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Relato breve de Sandro Crespo
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El cangrejo Pinzatuerto Sandro Crespo
Buenas tardes, estimados clientes y bienvenidos a esta estupenda y reconocida marisquería. A estas alturas sólo puedo ofrecerles a modo de saludo mi pinza derecha, la izquierda la perdí en una intensa pelea con un enorme centollo gallego que no paraba de rezar en un arameo galleguizado:
–¡Meu santísima! Carallo con o cangrejo pequenino, ma lastimau todas os meus antenas.
El resto de mi coraza, mis interiores carnosos y mis anaranjadas entrañas también están a su disposición, y a la de los paladares más sibaritas, aunque las exigencias de mi dieta marina a base de camarones y pequeños caracolillos han hecho que mi carne sea tan escasa como la de un prematuro y minúsculo percebe soriano. Es por ello que mordisquearme y relamer mi famélica pinza derecha, debe ser tan poco satisfactorio que personalmente, para esta romántica velada, les recomendaría ese buey de mar con enormes pinzas y un carnoso cuerpo blanquito y jugoso. Mientras yo puedo amenizarles la mariscada con mis verídicas peripecias.
No vayan a creer, mis admirados clientes que siempre he sido un cangrejo canijo y sonrosado, tampoco crean que siempre he estado encerrado en una vitrina de 25 de largo x 0,80 de alto, rodeado de hielo picado y a 5 bajo cero, hubo un tiempo en el que era un humano rollizo, noctámbulo y pendenciero que deambulaba por aquellas calles cobrizas de luz que me ofrecieran los placeres de lo prohibido, lo ilegal o lo políticamente incorrecto, quizá alguien demasiado parecido a ustedes, apreciados clientes.
Pero mi condición de bípedo cambió el día en el que, tras morir por primera vez, llegué a un supuesto infierno destinado a aquellos a los que ni el Maligno admite en su casa. Un infierno alternativo que sin duda no era mucho más tenebroso que los tugurios que solía frecuentar en mis innumerables batallas de sexo violento, drogas y pillajes nocturnos.
Llegando a aquel improvisado averno, una pregunta remota y siniestra traqueteó en mi aún humana alma.
¿Qué quieres ser en tu próxima vida?, elige pronto, o tu alma desaparecerá para siempre.
Y claro, como en todo malévolo deseo, había tres perversas condiciones, ¡qué ni todo el monte es cilantro ni todo el orégano se sirve en plato frío!:
Las tres condiciones cayeron del cielo en tres gruesos tomos, cual arcas de la alianza maligna. Mostraban las portadas manchadas de sangre, excrementos, flemas y sesos. Además, lo que más me horrorizó, ¡estaban encuadernadas en canutillo de plástico! –Qué ruin, –pensé entre dientes, . –¡Por Dios!– Exclamé , no sé si blasfemando en el lugar más indicado, tras leer las tres condiciones:
1-No puedes volver a ser un humano 2-No puedes ser un Dios 3-No podrás dar marcha atrás en tu decisión hasta que vuelvas a morir.
Por Dios– volví a blasfemar,–No me lo puedo creer, está compuesto en letra gótica,–Esto es peor que el infierno–
Tras las tres condiciones, apenas se leía en un cuerpo “minúsculisisimo” de letra, un interminable “aviso y condiciones del contrato”, del que sólo pude leer, “Aviso y condiciones del contrato”. –Anda, como en mi hipoteca. –Bromeé dirigiéndome a aquella “nada”.
Y claro, como era de cajón, o como suelen decir ahora los pimpollos, “le venía al pelo”, tras leer aquellas premisas, se oyó “en off” una macabra e interminable risa moribunda, ecualizada entre ecos de ultratumba y sonidos confusos de niños angustiados.
Y es que, hasta los diablos se inspiran en las películas, series y documentales, a su vez basados en los 347 millones de textos de Stephen King, es más, creo que éste último tiene pendiente algún juicio por plagio contra el mismísimo Belcebú.
Con tanta dosis de presión, lo primero que pensé fue transformarme en un ave “monfragüera”, tal vez un buitre leonado, con su majestuosidad, libre en aquel entorno natural, fotografiado y admirado por turistas.
Pero en una millonésima de segundo vino a mi angustiada mente, ya no sé si tan humana como antes, una escabrosa pregunta: –¿Alimentarme de carroña?
Y recordé entre babas y suspiros aquellos desbordantes solomillos de buey braseados en horno de leña y acompañados de un sabroso pané de verduras y patatitas asadas. – Ni hablar, –afirmé en mis cadavéricos adentros.
Más tarde me decanté por un vetusto roble o un altivo alcornoque.
–Claro, –continué maquinando a una velocidad de “mach 3”– podría aguantar el cosquilleo de la zacha mientras me despellejan para extraer mi piel,… quiero decir mi corteza. Pero no sería capaz de soportar a los enamorados afanándose en tallar en mi tronco algo parecido a ”Juanito ama a Isabelita”, dentro de un deforme corazón labrado con el sacacorchos de una flamante navaja multiusos “made in suiza” recién regalada en aquel primer y último aniversario. Eso acabaría de nuevo conmigo. –finalicé–
¬–¿Y un cangrejo?– balbuceé entre dientes, sin apenas darme cuenta de que un enorme centollo venía directo a mi en aras de una violenta lucha por la supervivencia marina.
–Yo no he elegido todav…– dije mientras el bestial centollo arrancaba de cuajo una de mis pinzas, concretamente la izquierda.
Al fin y al cabo, queridos clientes, terminar mis días en la vitrina del Romerijo no está nada mal. Cerquita de la bahía y oliendo la “mar” de fresco.
Quizá para mi próxima vida elija ser una lisa mojonera, un carajo de mar o una culebra fanguera de algún arrozal escandinavo, así seguro que no volveré a acabar expuesto en ningún “buffet libre” a la espera de unos estimados, pero aún así hambrientos clientes como lo son ustedes.
Queridísimos clientes, ¡Uy, cómo pasa el tiempo!, se aproxima la fecha de mi caducidad y comienzo a notar en mis adentros cierto hedor “amoniacoso”. Deberá ser en otra vida cuando disfruten de todo mi sabor, espero que tanto como de mi pinza izquierda pudo saborear el centollito que han cenado ustedes mientras les contaba mis andanzas humanas, divinas y cangrejiles.
No olviden pagar la minuta, que mañana toca renovar el género. Y es que, ¡es tan difícil sobrevivir en este mundo marino!
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